Cuando, hace exactamente 60 años, se publicó la estructura del ADN se
abrió la compuerta de una revolución científica sin paragón anterior o
posterior. La cima de ese avance colosal se logró rápidamente, con la
determinación del código genético en 1961.
El código genético es una simple y única tabla de instrucciones que
usan todos y cada uno de los organismos de la tierra para fabricar sus
proteínas a partir de sus genes. En el contexto de este artículo el
código genético son los cientos de componentes celulares necesarios para
asignar un aminoácido a su sitio correcto en una proteína según una
secuencia de tres bases que constituyen la unidad mínima de significado
de los genes (esta maquinaria leerá una secuencia genética de tres mil
bases y generará una proteína de 1000 aminoácidos).
Entre las muchas características sorprendentes del código genético
destaca su fiabilidad. A pesar de ser el proceso más intenso que tiene
lugar en cualquier célula, y el responsable de la construcción de gran
parte de la materia que constituyen los organismos, el sistema es tan
fiable que solo genera un error por cada cinco mil aminoácidos
incorporados. Esta exquisita selectividad garantiza el correcto
funcionamiento de la célula y la continuidad genética de las especies.
La posibilidad de manipular la maquinaria del código permitió, hace
unos cuarenta años, el nacimiento de la ingeniería genética, y a partir
de ahí la biología molecular invadió nuestras vidas y no ha dejado de
mejorarlas en prácticamente todos los ámbitos. Pero la dinámica de la
investigación científica es implacable en su capacidad para desbordar
antiguos descubrimientos y desplazarse hacia nuevos retos. Así, durante
mucho tiempo, el código genético fue quedando en la trastienda de la
biología celular, como base permanente de tecnología, pero lejos de los
focos de atención que otros tópicos reclamaban. Y justamente, pues la
biomedicina, la neurobiología, la biología estructural, la biología del
desarrollo, y tantas otras disciplinas continúan adelantando nuestro
entendimiento de la vida, y proporcionando soluciones a los muchos retos
que nos quedan.
Entretanto el estudio de la compleja maquinaria necesaria para
fabricar proteínas a partir de un gen siguió un camino más anónimo,
dirigido hacia una comprensión de los detalles moleculares que permiten
que el código genético se aplique de forma tan exquisita. Este análisis
sistemático, en el que han participado centenares de laboratorios en los
últimos cincuenta años, nos ha permitido comprender con gran detalle el
funcionamiento interno de la maquinaria de síntesis de proteínas, pero
prestando menos atención a la integración de esta misma maquinaria con
el resto de moléculas, vías metabólicas, y macroestructuras que también
constituyen las células y los tejidos. La situación podría compararse a
la del ingeniero que, obsesionado por el funcionamiento interno de una
caldera, olvida momentáneamente estudiar como integrará la máquina en el
edificio que la necesita.
Eventualmente, sin embargo, la realidad se impone, y las conexiones
funcionales que ligan íntimamente el código genético al resto de la
célula empiezan a emerger. Y lo hacen, como era de esperar, desde ambos
lados del problema. Es decir, investigadores dedicados al código
genético empiezan a revelar los puntos de contacto con otros sistemas
biológicos e investigadores biomédicos, neurobiólogos, oncólogos y
muchos otros son conducidos al código genético desde sus líneas de
investigación habituales.
Algunos ejemplos: estudiosos del metabolismo revelan que las células leen
su estado nutricional a través de la velocidad con qué algunos
aminoácidos son incorporados a proteínas, y utilizan ese parámetro para
determinar su necesidad de determinados nutrientes. O investigadores
dedicados al desarrollo de formas artificiales de vida llegan a la
conclusión que solo entendiendo y manipulando el código genético seremos
capaces de crear organismos nuevos y funcionalmente útiles. Por otro
lado múltiples grupos dedicados al estudio de la traducción genética
demuestran que esos componentes tan centrales del código son de hecho
pluriempleados celulares capaces de participar en una gran variedad de
procesos siguiendo las necesidades del organismo.
¿Como se estructuran y organizan todas estas líneas convergentes de
investigación? Pues, entre otras soluciones, promoviendo el diálogo de
los investigadores que, por su naturaleza dispar, casi nunca coinciden
físicamente en congresos, ni leen asiduamente sus trabajos respectivos.
Esta fue precisamente la motivación principal de la Conferencia
Barcelona Biomed que, con el apoyo de la Fundación BBVA, organizó el
Institut de Recerca Biomèdica (IRB Barcelona) del 2 al 4 de diciembre en
Barcelona. Un centenar de investigadores de todo el mundo con el único
nexo en común de haberse encontrado, consciente o inconscientemente,
trabajando sobre el código genético compartieron sus resultados. La
intención ha sido y sigue siendo la de promover el diálogo entre
disciplinas dispares, y fomentar la aparición de nuevas colaboraciones
en las interfases entre proyectos. Al fin y al cabo la diversidad máxima
siempre se encuentra en las transiciones entre ecosistemas, y el código
genético participa en todos los ambientes de la célula
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