jueves, 13 de febrero de 2014

Un estudio vuelve a poner en duda la eficacia de las mamografías

Expertos en tratamiento de cáncer investigan si el hacerse una mamografia a edad tempana reduce el riesgo de tener cáncer de pecho.

Hay científicos que dicen que las mamografias no sirven para nada porque hay casos en los que mujeres se han hecho las mamografias a edad temprana o a edad mediana y luego han tenido problemas con el cáncer de pecho.

Otros científicos opinan que deberían de hacerse un estudio para demostrar eso que dicen de que las mamografias no sirven para nada.

Estos científicos han dicho que ya se han hecho otros estudio y que se ha demostrado que las mamografias han ayudado a prevenir el cáncer de pecho un 15% y que por eso es falso que las mamografias a edad temprana no sirven.


La página donde se puede buscar más información acerca de este tema es:http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/02/12/actualidad/1392225741_930481.html

El desayuno de los jóvenes predice futuros problemas de salud

Este estudio habla sobre el desayuno de los jóvenes y que se ha demostrado que los jóvenes que no tienen un buen desayuno tienen más riesgo de padecer obesidad o diabetes en la edad adulta.
Se ha hecho un estudio en el que han desayunado varios jóvenes y se ha demostrado que los que han desayunado dulces etc tienen más riesgo de padecer diabetes a los 40.

Por eso estos científicos que han visto el fuerte vinculo que hay entre el desayuno y las enfermedades en la edad adulta han recomendado un desayuno completito: proteínas,grasas saludables y una fuente de carbohidratos como las frutas y granos minimamente procesados.




Para ver más información acerca de este artículo pinchar en:http://www.elmundo.es/salud/2014/02/11/52fa32cde2704ecb698b457e.html

Omega 3: qué son y para qué sirven

Los ácidos grasos Omega 3 son beneficiosos para nuestro cuerpo, en especial durante el embarazo y la lactancia, cuando brindan todas sus bondades a la madre y al niño.
Si bien siempre es importante tener una buena nutrición, durante el embarazo y el período de lactancia debemos prestarle más atención a lo que comemos. Se ha demostrado que los ácidos esenciales de cadena larga son fundamentales para el buen desarrollo del feto, para la salud de la madre y para el bienestar en el embarazo.
Los ácidos grasos son los componentes más importantes de las grasas y son esenciales para nuestro organismo, ya que son requeridos en gran cantidad por el cerebro y la retina. No son producidos por el organismo y debemos por lo tanto obtenerlos de los alimentos o de complementos dietéticos. Hay dos tipos de ácidos grasos esenciales: los Omega 3 y los Omega 6. Ellos aportan una gran variedad de efectos benéficos, entre los que se destaca el control del colesterol y por lo tanto su eficacia para prevenir enfermedades cardiovasculares.
Por otra parte, son tres los principales Omega 3: el ácido docosahexaenoico (DHA), el eicosapentaenoico (EPA) y el ácido alfa-linolénico (ALA). El DHA y el EPA son ácidos grasos de cadena larga. Estos últimos se encuentran en el aceite de pescados y en el aceite de algas unicelulares ; mientras que el ALA está presente en semillas y en aceites de algunas plantas.
Los Omega 3 EPA y DHA son esenciales para el cuerpo humano: el cerebro posee una alta concentración de DHA, que contribuye a la comunicación neuronal y protege a las células contra enfermedades como el Alzheimer. Este ácido es además importante para la salud visual. El EPA, por su parte, ayuda a la salud de los vasos sanguíneos y del corazón.
Es por todo esto que los ácidos grasos esenciales son fundamentales para el desarrollo del cerebro, y por esto son especialmente necesarios en etapas de alto crecimiento, como en el embarazo y la primera infancia, cuando el cerebro del bebé se desarrolla a gran velocidad.
Su importancia durante el embarazo
Los Omega 3 son especialmente importantes durante el embarazo y la lactancia, ya que son fundamentales para el desarrollo neurológico (particularmente el del cerebro y del sistema nervioso), para el desarrollo de los ojos y el crecimiento del niño. Se ha demostrado además que los Omega 3 reducen el riesgo de hipertensión en el embarazo. Y en el caso de los nacimientos prematuros, mejoran las funciones posturales, motoras y sociales de los bebés; también tienen efectos positivos en el desarrollo mental de los recién nacidos de bajo peso. La falta de estos nutrientes, por su parte, está asociada con una alta mortalidad perinatal y puede provocar problemas de crecimiento, de conducta y de aprendizaje.
Pero los beneficios del Omega 3 no son sólo para los hijos: durante el embarazo, estos ácidos grasos minimizan las posibilidades de que la mujer sufra un parto prematuro y de desarrollar preeclampsia.
Y eso no es todo: los ácidos grasos de cadena larga reducen las probabilidades de sufrir depresión postparto, como notó el Dr. David Kyle, de la Mother and Child Foundation –organización destinada a trabajar por la salud de las madres y sus hijos– en una reunión de la American Chemical Society: “Creemos que la alta incidencia de la depresión postparto en los Estados Unidos puede comenzar debido a una deficiencia de DHS en la dieta”, dijo el experto, quien basó su opinión en varios estudios.
Fuentes de Omega 3
Una manera sencilla de ingerir DHA y EPA es incorporar en la dieta pescados como el atún, la caballa, las sardinas, los arenques, las anchoas, el salmón, la trucha o el jurel. Es importante tener en cuenta –especialmente durante el embarazo y la lactancia– que los pescados pueden estar contaminados con mercurio y PCB; ante cualquier duda sobre la cantidad máxima recomendada y sobre los pescados más “seguros”, consulta a tu médico.
El Omega 3 también puede incorporarse consumiendo alimentos enriquecidos con DHA y EPA (huevos, pan, zumos). El Omega 3 ALA, el proveniente de las plantas, está presente en algunas semillas (como las de lino y las de calabaza), en aceites de algunas plantas (aceite de semillas de cáñamo, de maíz, de soja, de girasol, linaza), en frutos, como las nueces y las almendras y en vegetales de hojas verdes oscuras.
Una buena nutrición nos brinda energía, buen humor y salud. Si estás “comiendo por dos”, al alimentarte bien estarás cuidando tu cuerpo, pero además dándole el mejor comienzo a tu nuevo hijo

Nuestros primeros padres no eran medusas, pero se les parecían mucho

Los orígenes de nuestra estirpe, los primeros animales que nadaron por los océanos precámbricos hace unos 600 millones de años, han dejado de ser un misterio. No son las esponjas, como los evolucionistas habían supuesto, sino un grupo tan marginal y poco reseñable que ni siquiera tiene un nombre común en español. Tenemos que llamarlos ctenóforos, como hacen los especialistas. Son superficialmente parecidos a medusas, con un cuerpo de consistencia gelatinosa y simetría radial (como la de una rueda). La secuenciación de su genoma revela ahora que son un fósil viviente de nuestros primeros padres, los primeros animales que evolucionaron desde los organismos unicelulares que les precedieron en la historia de la vida.
Joseph Ryan y sus colegas del programa de secuencia comparativa y los institutos  Nacionales de la Salud (NIH) estadounidenses presentan en Science el primer genoma de un ctenóforo, Mnemiopsis lidyi, llamada a veces nuez de mar (sea walnut) y nativa de las costas atlánticas del continente americano. Si sus conclusiones son correctas, los ctenóforos habrán desbancado a las esponjas como pioneros de la vida animal, y la historia de nuestra evolución temprana tiene que sufrir algunos ajustes.
La cuestión más importante tiene que ver con las llamadas capas germinales, uno de los conceptos más importantes de la evolución y el desarrollo. La mayoría de los animales, incluido el que les habla, empezamos nuestro desarrollo como gástrulas, unas esferas huecas con tres capas de células. La capa de fuera (ectodermo) da lugar a la piel y el sistema nervioso; la de dentro (endodermo) genera el sistema digestivo y las vísceras. Y la que está entre ambas (mesodermo) produce el esqueleto y los músculos.
Como el mesodermo no existe en los animales más simples, como las esponjas (poríferos) y las medusas (cnidarios), los naturalistas han supuesto durante más de un siglo que esa capa germinal, y los tipos de células que construyen el músculo, habían evolucionado tardíamente. Pero los ctenóforos sí tienen mesodermo y células musculares. Si son los animales más primitivos —más primitivos que las esponjas y las medusas—, debe inferirse que el mesodermo es una invención evolutiva tan antigua como las otras dos capas germinales. Y que el invento se perdió después en las esponjas y las medusas.
Alternativamente, las células musculares pueden haber evolucionado en los ctenóforos de forma independiente a los demás animales. Cualquiera de las dos posibilidades resulta chocante, pero muchas revelaciones evolutivas de la genómica lo han sido en los últimos años.
Otra conclusión afecta a las neuronas: puesto que las esponjas no tienen estos tipos celulares, pero los ctenóforos sí, hay que concluir de nuevo que los primeros animales tenían neuronas y las esponjas las perdieron después. De nuevo un resultado inesperado, o al menos contrario al sentido común. Pero la genómica se ha abierto camino en la noche de los tiempos

El código genético se reinventa

Cuando, hace exactamente 60 años, se publicó la estructura del ADN se abrió la compuerta de una revolución científica sin paragón anterior o posterior. La cima de ese avance colosal se logró rápidamente, con la determinación del código genético en 1961.
El código genético es una simple y única tabla de instrucciones que usan todos y cada uno de los organismos de la tierra para fabricar sus proteínas a partir de sus genes. En el contexto de este artículo el código genético son los cientos de componentes celulares necesarios para asignar un aminoácido a su sitio correcto en una proteína según una secuencia de tres bases que constituyen la unidad mínima de significado de los genes (esta maquinaria leerá una secuencia genética de tres mil bases y generará una proteína de 1000 aminoácidos).
Entre las muchas características sorprendentes del código genético destaca su fiabilidad. A pesar de ser el proceso más intenso que tiene lugar en cualquier célula, y el responsable de la construcción de gran parte de la materia que constituyen los organismos, el sistema es tan fiable que solo genera un error por cada cinco mil aminoácidos incorporados. Esta exquisita selectividad garantiza el correcto funcionamiento de la célula y la continuidad genética de las especies.
La posibilidad de manipular la maquinaria del código permitió, hace unos cuarenta años, el nacimiento de la ingeniería genética, y a partir de ahí la biología molecular invadió nuestras vidas y no ha dejado de mejorarlas en prácticamente todos los ámbitos. Pero la dinámica de la investigación científica es implacable en su capacidad para desbordar antiguos descubrimientos y desplazarse hacia nuevos retos. Así, durante mucho tiempo, el código genético fue quedando en la trastienda de la biología celular, como base permanente de tecnología, pero lejos de los focos de atención que otros tópicos reclamaban. Y justamente, pues la biomedicina, la neurobiología, la biología estructural, la biología del desarrollo, y tantas otras disciplinas continúan adelantando nuestro entendimiento de la vida, y proporcionando soluciones a los muchos retos que nos quedan.
Entretanto el estudio de la compleja maquinaria necesaria para fabricar proteínas a partir de un gen siguió un camino más anónimo, dirigido hacia una comprensión de los detalles moleculares que permiten que el código genético se aplique de forma tan exquisita. Este análisis sistemático, en el que han participado centenares de laboratorios en los últimos cincuenta años, nos ha permitido comprender con gran detalle el funcionamiento interno de la maquinaria de síntesis de proteínas, pero prestando menos atención a la integración de esta misma maquinaria con el resto de moléculas, vías metabólicas, y macroestructuras que también constituyen las células y los tejidos. La situación podría compararse a la del ingeniero que, obsesionado por el funcionamiento interno de una caldera, olvida momentáneamente estudiar como integrará la máquina en el edificio que la necesita.
Eventualmente, sin embargo, la realidad se impone, y las conexiones funcionales que ligan íntimamente el código genético al resto de la célula empiezan a emerger. Y lo hacen, como era de esperar, desde ambos lados del problema. Es decir, investigadores dedicados al código genético empiezan a revelar los puntos de contacto con otros sistemas biológicos e investigadores biomédicos, neurobiólogos, oncólogos y muchos otros son conducidos al código genético desde sus líneas de investigación habituales.
Algunos ejemplos: estudiosos del metabolismo revelan que las células leen su estado nutricional a través de la velocidad con qué algunos aminoácidos son incorporados a proteínas, y utilizan ese parámetro para determinar su necesidad de determinados nutrientes. O investigadores dedicados al desarrollo de formas artificiales de vida llegan a la conclusión que solo entendiendo y manipulando el código genético seremos capaces de crear organismos nuevos y funcionalmente útiles. Por otro lado múltiples grupos dedicados al estudio de la traducción genética demuestran que esos componentes tan centrales del código son de hecho pluriempleados celulares capaces de participar en una gran variedad de procesos siguiendo las necesidades del organismo.
¿Como se estructuran y organizan todas estas líneas convergentes de investigación? Pues, entre otras soluciones, promoviendo el diálogo de los investigadores que, por su naturaleza dispar, casi nunca coinciden físicamente en congresos, ni leen asiduamente sus trabajos respectivos. Esta fue precisamente la motivación principal de la Conferencia Barcelona Biomed que, con el apoyo de la Fundación BBVA, organizó el Institut de Recerca Biomèdica (IRB Barcelona) del 2 al 4 de diciembre en Barcelona. Un centenar de investigadores de todo el mundo con el único nexo en común de haberse encontrado, consciente o inconscientemente, trabajando sobre el código genético compartieron sus resultados. La intención ha sido y sigue siendo la de promover el diálogo entre disciplinas dispares, y fomentar la aparición de nuevas colaboraciones en las interfases entre proyectos. Al fin y al cabo la diversidad máxima siempre se encuentra en las transiciones entre ecosistemas, y el código genético participa en todos los ambientes de la célula

Creados los primeros monos transgénicos ‘a medida’

Los animales transgénicos son el modelo ideal para estudiar enfermedades debidas a mutaciones del ADN. Pero las técnicas existentes tenían un problema: se basaban en producir muchos cambios en el genoma y luego seleccionar los ejemplares adecuados. Este método puede servir en ratones, que se reproducen mucho (por ello hay mucha variedad en cada camada y se puede elegir) y maduran pronto, lo que permite una investigación exhaustiva. Pero en simios, con camadas muy pequeñas y largos tiempos de crianza, eso no era posible. Algo que puede empezar a cambiar después del trabajo que ha publicado en Cell el equipo del chino Jiahao Sha, de la Universidad de Nanjing.
El trabajo se basa en la aplicación de la llamada tecnología CRISPR/Cas9, que básicamente consiste en utilizar unas bacterias para que hagan de tijeras genéticas que sirvan para introducir los genes que se quieren investigar, con la peculiaridad de que se puede dirigir exactamente dónde va a producirse la mutación. Con ello se evita generar animales inviables (que si bien en los roedores no es algo muy grave desde el punto de vista de la investigación, en monos con gestaciones largas es un obstáculo) y, además, se consiguen ejemplares que se parecen lo más posible a lo que sucede en la naturaleza.
El único requisito es que el proceso de modificación debe hacerse justo después de la fecundación, cuando el futuro macaco es solo un embrión de una célula. De esta manera se asegura que todo el organismo lleva la mutación. Ya han nacido dos animales después de aplicarle esta técnica.
El trabajo permitirá contar con modelos animales en simios de enfermedades hasta ahora difíciles de investigar, como las degenerativas. Además permitirá contar con ejemplares lo más parecido a los humanos posible, con lo que se espera que se reduzcan los fracasos que se producen actualmente, cuando en muchas investigaciones hay que pasar de resultados en roedores a humanos, donde la mayoría de los trabajos fracasan.
Pero esta aparente ventaja ya ha contado con las críticas de grupos ecologistas, que creen que con ella se volverá a necesitar más simios para investigar. Y el rechazo al uso de los animales en ensayos aumenta a medida que estos son más próximos genética y evolutivamente a los humanos.